miércoles, 19 de octubre de 2016

Velázquez: La fragua de Vulcano...

Velázquez, La fragua de Vulcano, 1630
La fragua de Vulcano, 1630
Óleo sobre lienzo
223 x 290 cm
Museo del Prado, Madrid



1628: Rubens se encuentra en su segundo viaje por España y es ahora cuando comienza a incitar al joven Velázquez para que utilice una gama cromática más clara y ejecute una pincelada mucho más suelta. Pero, no será hasta el siguiente año cuando este se decida a poner rumbo hacia Italia para descubrir nuevas fuentes de inspiración y un nuevo horizonte en el mundo del arte. Con un permiso del rey para viajar por tiempo ilimitado, Velázquez recorrerá Génova, Milán, Venecia, Serenísima, Roma, Florencia y Nápoles. Al regresar a Madrid, el joven trae en su retina las mejores obras de maestros como Tintoretto (1518 - 1594), Tiziano (1485/90 – 1570), Rafael (1483 -1520) o Miguel Ángel (1475- 1564).

Fue en Roma donde el joven realizó La fragua de Vulcano y La túnica de Josédos grandes obras de diferente temática pero con numerosas similitudes. Comencemos, pues, con la obra que hoy nos atañe: La Fragua de Vulcano.

En el interior de una vieja fragua polvorienta y gris, Vulcano -dios romano del fuego- junto a dos ayudantes está dando forma a una pieza de metal al rojo vivo. A la derecha y por detrás de estos, aparece un oficial que repara una armadura. Todo es normal y hasta se puede intuir el tintineo que producen los martillos al golpear el metal… Todo parece tranquilo y en orden hasta que, como si de una figurilla de teatro se tratase, aparece en escena el joven Apolo, dios del sol, para darle al herrero la humillante noticia de que su esposa, Venus -diosa del amor-, estaba cometiendo adulterio con Marte, el deseado dios de la guerra.


Velázquez supo reflejar con claridad el instante en el que, el celoso y despechado esposo, es sacudido por la impactante noticia delante de sus ayudantes. El ritmo, el trabajo en la fragua se ha parado: ahora las figuras giran sus torsos y fijan su atención hacia el dios del sol. Las figuras, de pie y casi sin ropa, nos dejan ver una piel rica en gradaciones y, sus gestos de asombro e incredulidad, nos recuerdan a las figuras creadas por los grandes pintores italianos del siglo XVI.

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