viernes, 28 de octubre de 2016

Historia del Monasterio de Guadalupe...

Claustro del Real Monasterio de Santa María de Guadalupe, Cáceres
Claustro del Real Monasterio de Santa María de Guadalupe, Cáceres


Como comentaba en la entrada anterior, la creación del Monasterio de Guadalupe se remonta al año 1330, cuando se construyó la primera ermita sobre el lugar en el que había estado enterrada la talla de la Virgen. Se sabe que, por aquellas fechas, Don Pedro García –un viejo sacerdote- se hizo cargo de la custodia y mantenimiento de la pequeña ermita hasta que, una mañana de 1335, mientras el rey Alfonso XI cazaba en este lugar, se topó con el humilde edificio en medio del campo. Tal fue su asombro al ver su pésimo estado que, rápidamente, ordenó al cardenal Pedro Gómez Barroso que se hiciese cargo del cuidado y mantenimiento de aquel lugar desde 1335 hasta 1341.


La labor del cardenal fue tan grande que, al tiempo que la ermita se iba ampliando, empezaron a construirse las primeras viviendas en torno a ella: así nació Puebla de Santa María de Guadalupe donde, en una de sus calles, se construyó una casa para que Gil Cordero –el pastor que la había descubierto en el río- pasase sus últimos días lo más cerca posible de la Virgen y, de hecho, actualmente su cuerpo se encuentra enterrado en el interior de la propia Basílica.


Pero, ¿cómo se formó el Monasterio de Guadalupe


1340: la importancia de esta iglesia para el rey Alfonso XI es de tal magnitud, que la convierte en Real Monasterio y ordena rápidamente que se que incorporen a él un priorato secular. Con el paso de los años, las llaves del santuario pasarán a manos de la orden de San Jerónimo, que permanecerá aquí durante cuatro siglos. Fue en esta etapa cuando el Monasterio de Guadalupe alcanzó su máximo esplendor artístico y cultural (del que os hablaré un poco más adelante) hasta que, en 1835, la desamortización hizo que el santuario pasase a formar parte de la archidiócesis de Toledo y, desde 1908, se instalase en él la orden franciscana que, hasta hoy, es la que rige el monasterio.


Hoy, declarado "Pontificio" por Pío XII, "Monumento Nacional" en 1879 y "Patrimonio de la Humanidad" por la UNESCO en 1993, el Monasterio de Guadalupe es poseedor de una gran riqueza escultórica, pictórica y arquitectónica que, paso a paso, os mostraré...



¿Preparados? 

lunes, 24 de octubre de 2016

Real Monasterio de Guadalupe: la leyenda...

Real Monasterio de Guadalupe, Cáceres
Real Monasterio de Guadalupe, Cáceres


Cuenta la leyenda que, cansado y fatigado tras pasar varios días buscando a una de sus vacas, Gil Cordero –un pastor vecino de Cáceres- halló por fin al animal en los márgenes del río Guadalupe. Cuando se acercó a ella y vio que estaba muerta, decidió quedarse al menos con su piel. Pero, justo en el instante en que se agachó para hacerle la señal de la cruz en el pecho, la vaca recobró la vida. El pastor, aturdido y asustado ante este extraño suceso, levantó la mirada y contempló atónito la imagen de la Virgen. Gil Cordero, en medio de la conmoción y el asombro, comenzó a excavar en el punto exacto donde había encontrado su vaca, pues sería allí mismo -según le había indicado la Virgen- donde encontraría una preciosa talla a la que había que construirle una ermita que, con el tiempo, se convertiría en Santuario.

Pero, ¿quién la dejo allí... qué sucedió realmente?

Aunque la imagen que se venera actualmente en el Monasterio de Guadalupe es una talla de cedro perteneciente al siglo XII, su leyenda nos conduce hasta el siglo I d.C. y hasta el mismo San Lucas como autor de la misma.


Ntra. Sra. de Guadalupe, Real Monasterio de Guadalupe, Cáceres
Ntra. Sra. de Guadalupe
Real Monasterio de Guadalupe
Cáceres

Cuentan que, al morir el evangelista, la talla fue enterrada junto a él en Acaya (Asia Menor) y que más adelante, en el siglo IV a.C., trasladarían sus restos hasta Constantinopla. Fue el propio papa Gregorio Magno quién, devoto acérrimo de la Virgen, trasladó de nuevo la talla desde Constantinopla hasta Roma, comenzando así la fama y expansión de su devoción. Pero su largo recorrido hasta terminar en la orilla del río no termina aquí. Al cabo de un tiempo, el papa regaló la imagen de la Virgen a San Leandro, arzobispo de Sevilla, por lo que la “Guadalupana” permanecería expuesta ante los feligreses hasta el comienzo de la invasión árabe.

714 d.C.: huyendo de esta invasión, algunos clérigos abandonan las iglesias y conventos sevillanos y, en medio de esta lucha, llevan cobijados entre sus ropajes algunas reliquias de santos y la hermosa talla de la Virgen…


Sería en su huida hacia el norte, cuando estos clérigos decidieron poner a salvo sus más preciados tesoros, enterrando la imagen de la Virgen a orillas del río Guadalupe donde, seis siglos más tarde, se construiría al fin un santuario en honor a su nombre.


Y ahora, te invito a recorrer conmigo cada uno de los rincones de este maravilloso lugar...



miércoles, 19 de octubre de 2016

Velázquez: La fragua de Vulcano...

Velázquez, La fragua de Vulcano, 1630
La fragua de Vulcano, 1630
Óleo sobre lienzo
223 x 290 cm
Museo del Prado, Madrid



1628: Rubens se encuentra en su segundo viaje por España y es ahora cuando comienza a incitar al joven Velázquez para que utilice una gama cromática más clara y ejecute una pincelada mucho más suelta. Pero, no será hasta el siguiente año cuando este se decida a poner rumbo hacia Italia para descubrir nuevas fuentes de inspiración y un nuevo horizonte en el mundo del arte. Con un permiso del rey para viajar por tiempo ilimitado, Velázquez recorrerá Génova, Milán, Venecia, Serenísima, Roma, Florencia y Nápoles. Al regresar a Madrid, el joven trae en su retina las mejores obras de maestros como Tintoretto (1518 - 1594), Tiziano (1485/90 – 1570), Rafael (1483 -1520) o Miguel Ángel (1475- 1564).

Fue en Roma donde el joven realizó La fragua de Vulcano y La túnica de Josédos grandes obras de diferente temática pero con numerosas similitudes. Comencemos, pues, con la obra que hoy nos atañe: La Fragua de Vulcano.

En el interior de una vieja fragua polvorienta y gris, Vulcano -dios romano del fuego- junto a dos ayudantes está dando forma a una pieza de metal al rojo vivo. A la derecha y por detrás de estos, aparece un oficial que repara una armadura. Todo es normal y hasta se puede intuir el tintineo que producen los martillos al golpear el metal… Todo parece tranquilo y en orden hasta que, como si de una figurilla de teatro se tratase, aparece en escena el joven Apolo, dios del sol, para darle al herrero la humillante noticia de que su esposa, Venus -diosa del amor-, estaba cometiendo adulterio con Marte, el deseado dios de la guerra.


Velázquez supo reflejar con claridad el instante en el que, el celoso y despechado esposo, es sacudido por la impactante noticia delante de sus ayudantes. El ritmo, el trabajo en la fragua se ha parado: ahora las figuras giran sus torsos y fijan su atención hacia el dios del sol. Las figuras, de pie y casi sin ropa, nos dejan ver una piel rica en gradaciones y, sus gestos de asombro e incredulidad, nos recuerdan a las figuras creadas por los grandes pintores italianos del siglo XVI.

domingo, 16 de octubre de 2016

Van Dyck: El baño de Susana...

Van Dyck, El baño de Susana
El baño de Susana, 1621/1622
Óleo sobre lienzo
194 x 144 cm
Alte pinakothek, Bayerische Staatsgemäldesammlungen, Múnich


Tras su viaje por Italia y después de tomar contacto con las obras de Tiziano y Giorgione, Van Dyck decide regresar a su ciudad natal, Amberes, donde por fin será colmado de gloria y honores.

De su paso por Venecia, el pintor alcanza la madurez artística, incluyendo en su estilo los colores profundos y luminosos característicos la pintura veneciana. Esta nueva forma de pintar la realidad la vemos reflejada en El baño de Susana, donde el fuerte rojo que elige para dar color a la túnica de la joven, contrasta con los tonos oscuros y sombríos de los dos viejos.

El tema elegido para esta ocasión es un pasaje del Libro de Daniel –siglo III a.C.- en el que se relata la historia de Susana, la joven y bella esposa de un rico judío, que es espiada por dos jueces ancianos mientras se desnuda para tomar un baño con especias y aceites. Cuando ella se percata de la presencia de los hombres a su espalda, intenta huir de ellos pero ya es demasiado tarde: los dos viejos han sucumbido a la sensualidad de su cuerpo desnudo y al fino aroma de su piel. Durante el forcejeo en el bosque, Susana se enfrenta a ellos intentando detenerles y pidiendo al cielo ayuda divina que la salve de esta trágica situación:

«Sé que, si hiciere esto, muerte es para mí; y que, si no lo hago, no escaparé de vuestras manos. Más bello, sin embargo, para mí, caer en vuestras manos, no habiendo hecho esto, que pecar ante el rostro del Señor...» —Historia de Susana [Daniel 13], Versos 22-23.

Después de la afrenta y, tras sentirse rechazados por la joven, los viejos deciden castigarla públicamente acusándola de adulterio. Solo bastaron sus palabras para que todos creyeran el falso testimonio: habían visto a Susana, la esposa de Joaquín, en un vergel acompañada de otro hombre que no era su marido…

Las claras y vibrantes tonalidades de la túnica y el cuerpo de Susana, junto con los rostros de los viejos amenazantes, hacen un magnifico contraste con el paisaje oscuro y tenebroso que aparece en el resto del cuadro. Van Dyck, al igual que Caravaggio, quiere que el espectador centre toda su atención en la escena y se olvide del resto. No importa qué sucede alrededor de los protagonistas, lo verdaderamente importante está en el centro y destacado con una fuerte luz. Ahora, con este sencillo esquema, Van Dyck nos ha convertido en testigos de este dramático suceso…

viernes, 14 de octubre de 2016

Anton Van Dyck...

Van Dyck, Autorretrato, 1613/14
Autorretrato, 1613-1614


“…Copió y pintó las mejores historias, pero su principal ocupación eran las cabezas y retratos, de modo que pintó muchas láminas de papel y abundantes lienzos, y sumergió su pincel en los buenos colores venecianos…”
Giovanni P. Bellori, 1672

         Con estas palabras, Giovanni P. Bellori -el famoso biógrafo italiano del siglo XVII- describió el estilo y la forma de trabajar de Anton Van Dyck (1599 – 1641), uno de los pintores flamencos más destacados -junto a Rubensdel panorama artístico del siglo XVII.

Séptimo hijo de un rico comerciante de Amberes y huérfano de madre desde muy temprana edad, el joven Van Dyck empezó a tomar contacto con el mundo del arte y, desde 1615, cuenta ya con su propio taller de pintura y la compañía de un aprendiz.

De entre sus numerosos viajes por Europa y sus amistades más destacadas, podemos señalar a Rubens, con el que trabará una estrecha amistad y del que fue discípulo y colaborador en numerosos cuadros.

Será gracias a la influencia de Rubens y al esfuerzo y dedicación que el joven ponía en cada una de sus obras, por lo que no tardará en recibir los primeros encargos. De entre su producción de pintura religiosa y mitológica, cabe mencionar la más notable de todas: el retrato realista.  Este será el género por el que se le conocerá en los anales de la Historia del Arte.

Pero, como pintor ambicioso y vanidoso que era, decide abandonar Amberes porque no puede soportar estar a la sombra de Rubens y, en 1620, comenzará su andadura por varios países, donde tomará contacto con las obras de Tiziano y Giorgione que darán el punto y final a la evolución de su estilo.

 1632: Van Dyck ha logrado consolidarse como pintor profesional y aclamado retratista de la corte y la nobleza inglesa. Tras realizar más de 350 retratos -entre los que se encuentran 37 del rey y unos 35 para la reina- Van Dyck decide abrir un taller mucho más grande y aumentar el número de ayudantes para poder abarcar cada vez más y más encargos.

Pero, después más de 30 años dedicados a la realización de retratos, los dos grandes fracasos a los que se enfrentó –conseguir el proyecto para los frescos del pabellón de caza de Felipe IV en Madrid y una serie de pinturas para la decoración del Louvre- más los primeros síntomas de su enfermedad, hicieron que el joven Van Dyck decidiera pasar sus últimos días de su vida en Inglaterra, donde falleció el 9 de diciembre de 1641 a la temprana edad de 42 años.


Su legado artístico es rico y extenso y, cómo no, aquí os presento una minúscula parte de la colección, que poco a poco os iré comentando…

El baño de Susana, 1621/22
El baño de Susana, 1621/22



Sansón y Dalila, 1630
Sansón y Dalila, 1630



Retrato de María de Médici, 1631



El príncipe Tomás Francisco de Saboya, 1634
El príncipe Tomás Francisco de Saboya, 1634


Amor y Phique, 1639-1640
Amor y Phique, 1639-1640

miércoles, 5 de octubre de 2016

Demencia de Doña Juana de Castilla (2ª parte)

Demencia de Doña Juana de Castilla (detalle), 1866
Demencia de Doña Juana de Castilla (detalle), 1866
Óleo sobre lienzo,
238 x 313 cm
Museo del Prado, Madrid



Burgos, 26 de septiembre de 1506: en el interior del Palacio de los Condestables de Castilla acaba de fallecer el rey Felipe el Hermoso. Según las fuentes de la época, el rey –que solo gobernó durante dos meses- falleció a los pocos días de beber agua muy fría después de terminar un juego con la pelota. Las altas temperaturas de su cuerpo, en contraste con el agua helada, hicieron que el joven entrase en un profundo sueño del que ya no despertaría nunca más.


Demencia de Doña Juana de Castilla (detalle), 1866
Demencia de Doña Juana de Castilla (detalle), 1866
Óleo sobre lienzo,
238 x 313 cm
Museo del Prado, Madrid


 Su esposa, Doña Juana la Loca, que ha permanecido inmóvil a los pies del lecho, recuerda en esos momentos las palabras que una vez le confió un monje cartujo: el rey conseguiría sobreponerse a la fiebre y esquivar los ojos de muerte si era velado día y noche durante los siguientes catorce años. Aún le queda una última esperanza y no la va a desaprovechar. Tiene que darse prisa para que su séquito traslade el cadáver del rey a otra estancia más cómoda para permanecer allí, quieta,  junto al cadáver de su marido tal y como le indicó aquel monje. 


Demencia de Doña Juana de Castilla (detalle), 1866
Demencia de Doña Juana de Castilla (detalle), 1866
Óleo sobre lienzo,
238 x 313 cm
Museo del Prado, Madrid


     La reina aparece de pie y apoyada sobre un sillón donde observamos su escudo. Todas las miradas se dirigen a ella. Dos nobles y un clérigo de la corte intentan sacarla de su abismo. No podían creer lo que estaba sucediendo. Pero a pesar de las súplicas y los ruegos de estos para hacer ver a la reina la cruda realidad, Juana la Loca les hace un tímido gesto con las manos y les invita a guardar silencio: sus voces podían despertar el profundo descanso de su amado. Tiene la mirada perdida y fría. Sus ojos tienen esa expresión infinita de ternura, desesperación y falta de cordura… Ahora nadie podrá arrebatarle a su esposo. Ni siquiera la muerte podrá llevárselo.


  Pero unas flores marchitas yacen en el suelo y, aunque ella no quiera verlo, la gran dama negra ya ha cargado en sus hombros el alma del joven rey. 


Demencia de Doña Juana de Castilla (detalle), 1866
Demencia de Doña Juana de Castilla (detalle), 1866
Óleo sobre lienzo,
238 x 313 cm
Museo del Prado, Madrid


    Este elemento metafórico de las rosas marchitas y esparcidas por el suelo también lo recrearán otros artistas como Antonio Muñoz Degrain en su obra Los amantes de Teruel. Aquí se aprecian  los cirios apagados y las rosas por el suelo que simbolizan el triste final de la vida de estos dos jóvenes.



Los amantes de Teruel (detalle), 1884
Los amantes de Teruel (detalle), 1884
Óleo sobre lienzo
330 x 516 cm
Museo del Prado, Madrid
                                          

     Los fuertes recursos dramáticos, la eliminación de los detalles para centrarse en la intensidad de la escena, la naturalidad y la dulzura con la que Vallés trata la demencia de Doña Juana, hacen de esta obra un elemento clave de la pintura histórica española. 

-Fin-

sábado, 1 de octubre de 2016

Demencia de Doña Juana de Castilla...

Demencia de Doña Juana de Castilla, 1866
Demencia de Doña Juana de Castilla, 1866
Óleo sobre lienzo,
238 x 313 cm

Museo del Prado, Madrid


Retomando la temática de pintura de historia, aquí os traigo una de las obras más importantes y significativas que se han realizado, a lo largo de la Historia, sobre la enfermedad o los ataques de celos que sufrió Juana la Loca durante su vida. Con esta impactante composición, el pintor madrileño Lorenzo Vallés (Madrid, 1813 - Roma, 1910) consiguió la primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Roma en 1866, lo que le supuso un gran reconocimiento para su carrera como pintor y el título de “maestro del género histórico” -a pesar de que gran parte de su colección sea hoy poco valorada y estudiada-. 

Poco tiempo después, tras la gran expectación que suscitó este cuadro, otros artistas españoles también plasmarán en sus lienzos el carácter regio, la fuerza y la desesperación que albergaba el personaje de Doña Juana la Loca. Pero no será hasta la Exposición Nacional de 1868, cuando el pintor zaragozano Francisco Pradilla y Ortiz corone la temática histórica con su obra maestra: Doña Juana la Loca.


Francisco Pradilla, Doña Juana la Loca, 1877
Francisco Pradilla, Doña Juana la Loca, 1877
Óleo sobre lienzo
340 x 500 cm
Museo del Prado, Madrid

Como ya he comentado antes, el tema de la locura de amor y los celos enfermizos de la reina, despertaban bastante interés y un cierto morbo entre los pintores de aquella época. Lorenzo Vallés quiso captar uno de los pasajes donde, tras la muerte de Felipe el Hermoso, Juana la Loca mandó que colocasen el cadáver del difunto sobre un lecho en una de las habitaciones del palacio. Todo tenía un fin y una explicación en la mente de la reina: seguir las palabras de un monje cartujo y velar el cuerpo de su difunto amado durante 14 años con el fin de que, pasados estos años, el rey volviera a la vida…

 Burgos, 26 de septiembre de 1506: en el interior del Palacio de los Condestables de Castilla acaba de fallecer Felipe el Hermoso. Su esposa, Doña Juana la Loca, se dispone a velar su cadáver… 


(Continuará...)
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