miércoles, 28 de diciembre de 2016

Guido Reni: La matanza de los Inocentes...

Guido Reni, La matanza de los Inocentes, 1611
Guido Reni, La matanza de los Inocentes, 1611
Óleo sobre lienzo
268 cm X 170 cm
Pinacoteca Nazionale, Bolonia

Según el Evangelio de San Mateo y algunos Evangelios Apócrifos, tras el nacimiento de Jesús (s.I), Herodes I el Grande mandó matar a todos los niños menores de dos años que hubiera en la ciudad, para evitar que el Mesías anunciado por los los Magos de Oriente llegase algún día a gobernar.  

Guido Reni, La matanza de los Inocentes, 1611  (detalle)

A pesar de aparecer recogidos en los Evangelios, grandes estudiosos como Antonio Piñero, entre otros, ponen en tela de juicio la magnitud de estos hechos, pues la ciudad de Belén poseía un escaso número de habitantes y, de haber sucedido una matanza de tal magnitud -se habla de unos 140.000 niños- hubiese sido recogida por los cronistas de la época. No obstante, estos asesinatos sí llegaron a producirse, aunque las víctimas mortales no alcanzaron la veintena. 

<<Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió matar a todos los niños de Belén y de toda la comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen>>.

Mateo 2, 16-18


Guido Reni, La matanza de los Inocentes, 1611 (detalle)

En esta escena que el boloñés Guido Reni elabora en su época de juventud, aparecen (perfectamente estructurados) un grupo de hombres, mujeres y niños junto a dos angelotes que portan las palmas del martirio. La escena se encuadra sobre un fondo de arquitecturas lúgubres y sombrías que reflejan el terrible suceso que se está llevando a cabo: las jóvenes madres intentan sin éxito apartar el frío aliento de las espadas de los soldados que, sin mayor esfuerzo, consiguen alcanzar sus objetivos; soldados que, sin piedad, logran arrebatar la incipiente vida de los cuerpecitos recién nacidos...


Guido Reni, La matanza de los Inocentes, 1611 (detalle)

sábado, 10 de diciembre de 2016

Santa Eulalia de Mérida...

Santa Eulalia de Mérida


Cuenta Prudencio, un destacado poeta del siglo IV, que allá por el año 292 d.C nació en Emérita Augusta (actual Mérida) una joven cuya vida pasaría a formar parte de la Historia de la Cristiandad.

Eulalia, que así se llamaba, a pesar de haber nacido en el seno de una familia acomodada, comenzó a rechazar desde muy niña los juguetes, las joyas y los adornos femeninos con los que la obsequiaban. A la corta edad de doce años, la joven ya había decidido cuál sería su vocación: mantener intacta su virginidad y alcanzar el cielo.

Pero, por este tiempo, había llegado a la ciudad el decreto del emperador Diocleciano que obligaba a los cristianos a cesar el culto a Jesucristo y comenzar a adorar otros ídolos paganos. Ante esta terrible noticia, los padres de Eulalia -asustados y con temor a que esta se revelara en contra de los gobernantes- se la llevaron recluida a una pequeña casa a las afueras de la ciudad, junto al río Albarregas. De esta forma, la niña permanecería ajena a los peligros y las revueltas de la ciudad donde, sin duda, podría sufrir la pena de muerte si proclamaba su fe o fidelidad a Cristo.

Pero con lo que no contaron los padres es que, la madrugada del 10 de diciembre del año 304 d.C, Eulalia decidiera abandonar el refugio familiar para iniciar, con fuerza y sin miedo, un trayecto que la llevaría hasta las mismas puertas de la ciudad. Antes de que los primeros rayos de sol alcanzasen las piedras de foro, la joven se presentó ante los tribunales y proclamó su amor y su deseo de estar con Dios: ningún ídolo suplantaría jamás la divina imagen de Jesucristo...

Ante este escándalo, los verdugos se acercaron a ella y comenzaron a desgarrarle con fuerza sus tiernos pechos, mientras los garfios y las puntas de los látigos golpeaban con tanta furia su cuerpo que sus costados se abrieron de par en par, hasta la altura del hueso. La niña, lejos de manifestar queja alguna, comenzó a exclamar orgullosa alabanzas hacia Cristo: “He aquí que escriben tu nombre en mi cuerpo…” y comenzó una retahíla de oraciones que nadie pudo parar.


Ni sus pequeños miembros desgarrados, ni la suave piel hecha jirones, ni la cálida sangre que rezumaba por los poros de su piel, impidieron que la niña se asustase y aceptase por fin adorar a otros dioses… Ante esto, los verdugos le aplicaron último castigo: la pena de muerte. 

 Su larga y hermosa cabellera, que recubría todo su cuerpecito martirizado, prendió en llamas cuando se acercaron las antorchas del emperador. Eulalia, sabiendo que su momento había llegado al fin, se inclinó y abrió la boca para absorber con fuerza una de las llamas que se dirigían con fuerza hacia su cara y, al pronto, de la boca de la virgen salió una paloma blanca que se elevó valerosa hacia el cielo… Era el alma pura y virgen de la mártir que, por fin, emprendía su vuelo hacia Dios. Enseguida, comenzó a caer tal nevada sobre la ciudad y el foro de Mérida que, los allí presentes, observaron con asombro cómo las reliquias de la joven mártir se cubrían con un finísimo velo blanco que protegía su virginidad.

     Aquella mañana del 10 de diciembre del año 304 d.C., Santa Eulalia de Mérida por fin se reunía con Dios...

jueves, 8 de diciembre de 2016

Murillo: Inmaculada Concepción...

Murillo, Inmaculada Concepción de los Venerables, 1678.
Murillo, Inmaculada Concepción de los Venerables, 1678
Óleo sobre lienzo
274 x 190 cm
Museo del Prado, Madrid

   
 El tema mariano fue uno de los más representados durante el siglo XVII. Murillo supo captar la fórmula exacta para crear sus vírgenes y que estas llegaran a ser el icono característico del pintor sevillano. Tras siglos con la misma representación, el sevillano cambió por completo la iconografía de la Virgen: 

  • Emplea nuevos colores para el manto y el vestido. Ahora pintará sus Inmaculadas en blanco y azul y aparecerán envueltas en un misterioso halo dorado -símbolo de su pureza y luz divina- en cada una de sus representaciones. 
  • Sus manos aparecen recogidas sobre el pecho, en señal de oración.
  • Los rostros y las miradas son dulces y en actitud triunfante. Ya no hay dolor. No hay sufrimiento ni letanías.

 Murillo se especializará en la creación de vírgenes y santos de una manera tal que, a lo largo de su trayectoria profesional, llegaría a realizar una veintena de Inmaculadas de similar iconografía. Por este motivo, al artista sevillano del Barroco español, se le conoce también con el sobrenombre de: “Murillo, el pintor de Vírgenes”...

viernes, 2 de diciembre de 2016

Bartolomé Esteban Murillo...

Murillo, Autorretrato, c.1670
Autorretrato, c.1670
Óleo sobre lienzo
122 x 107 cm.
National Gallery
Londres

Nacido en Sevilla (España) y huérfano a los nueve años, el pintor y dibujante Bartolomé Esteban Murillo, considerado como el pintor de los rostros dulces y las formas delicadas, comenzó su andadura en el mundo del Arte cuando ingresó en el estudio sevillano de Juan del Castillo -aunque no se conserva ningún contrato de aprendizaje del mismo-.  Pero tendrían que pasar 18 años hasta que le llegase su primer encargo importante: la realización de once lienzos para el Monasterio de San Francisco el Grande, en su ciudad natal, Sevilla.

San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres, 1646

San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres, 1646

Óleo sobre lienzo

173 x 183 cm.
Real Academia de Bellas Artes de San Fernando,
Madrid

     Durante la década de 1650, su producción artística aumentó considerablemente, convirtiéndose en uno de los retratistas más afamados de la época. Debido a la llegada de tantos encargos, Murillo tuvo que cambiar en numerosas ocasiones de vivienda pero, cuando lo hacía, no iba solo: tras contraer matrimonio en 1645 con Beatriz Cabrera y Villalobos, el pintor logró formar una familia numerosa que lo acompañaba en cada nueva ciudad.

Sagrada Familia del pajarito, 1649-1650
Sagrada Familia del pajarito, 1649-1650
Óleo sobre lienzo
144 x 188 cm.
Museo del Prado, Madrid



Niño espulgándose, c.1650
Niño espulgándose, c.1650
137 x 115 cm.
Óleo sobre lienzo
Museè du Louvre, París

Pero este periodo tan fructífero, donde realizó numeroso encargos de retratos, retablos y altares, cesó de repente en diciembre de 1663 cuando Beatriz, la que fue su esposa durante dos décadas, se despidió de él para siempre. Tras la muerte de su esposa, Murillo se sumergió en su vida laboral trabajando horas y horas sin descanso, comenzando una etapa que le llevaría al culmen de su carrera y al máximo esplendor de su carrera artística.

Nacimiento de la Virgen, 1660
Nacimiento de la Virgen, 1660
Óleo sobre lienzo
185 x 165 cm.
Museè du Louvre, París



El buen pastor, 1660
El buen pastor, 1660
Óleo sobre lienzo
123 x 101 cm.
Museo del Prado, Madrid


Inmaculada Concepción de El Escorial, 1660-1665
Inmaculada Concepción de El Escorial, 1660-1665
Óleo sobre lienzo
206 x 144 cm.
Museo del Prado, Madrid
 Uno de estos días, mientras se encontraba trabajando en el altar de la iglesia de los  Capuchinos de Cádiz, el pintor resbaló del andamio y cayó al suelo gravemente herido… Los desposorios místicos de Santa Catalina (obra en la que estaba trabajando) no volvieron nunca a ver sus manos…

Los desposorios místicos de Santa Catalina, 1682
Los desposorios místicos de Santa Catalina, 1682
Óleo sobre lienzo
449 x 325 cm.
Museo de Cádiz, Cadiz


El 3 de abril de 1682 y, tras varios meses luchando por sobrevivir, el afamado “pintor de Vírgenes” Bartolomé Esteban Murillo cerraba su paleta para siempre…
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...