miércoles, 5 de octubre de 2016

Demencia de Doña Juana de Castilla (2ª parte)

Demencia de Doña Juana de Castilla (detalle), 1866
Demencia de Doña Juana de Castilla (detalle), 1866
Óleo sobre lienzo,
238 x 313 cm
Museo del Prado, Madrid



Burgos, 26 de septiembre de 1506: en el interior del Palacio de los Condestables de Castilla acaba de fallecer el rey Felipe el Hermoso. Según las fuentes de la época, el rey –que solo gobernó durante dos meses- falleció a los pocos días de beber agua muy fría después de terminar un juego con la pelota. Las altas temperaturas de su cuerpo, en contraste con el agua helada, hicieron que el joven entrase en un profundo sueño del que ya no despertaría nunca más.


Demencia de Doña Juana de Castilla (detalle), 1866
Demencia de Doña Juana de Castilla (detalle), 1866
Óleo sobre lienzo,
238 x 313 cm
Museo del Prado, Madrid


 Su esposa, Doña Juana la Loca, que ha permanecido inmóvil a los pies del lecho, recuerda en esos momentos las palabras que una vez le confió un monje cartujo: el rey conseguiría sobreponerse a la fiebre y esquivar los ojos de muerte si era velado día y noche durante los siguientes catorce años. Aún le queda una última esperanza y no la va a desaprovechar. Tiene que darse prisa para que su séquito traslade el cadáver del rey a otra estancia más cómoda para permanecer allí, quieta,  junto al cadáver de su marido tal y como le indicó aquel monje. 


Demencia de Doña Juana de Castilla (detalle), 1866
Demencia de Doña Juana de Castilla (detalle), 1866
Óleo sobre lienzo,
238 x 313 cm
Museo del Prado, Madrid


     La reina aparece de pie y apoyada sobre un sillón donde observamos su escudo. Todas las miradas se dirigen a ella. Dos nobles y un clérigo de la corte intentan sacarla de su abismo. No podían creer lo que estaba sucediendo. Pero a pesar de las súplicas y los ruegos de estos para hacer ver a la reina la cruda realidad, Juana la Loca les hace un tímido gesto con las manos y les invita a guardar silencio: sus voces podían despertar el profundo descanso de su amado. Tiene la mirada perdida y fría. Sus ojos tienen esa expresión infinita de ternura, desesperación y falta de cordura… Ahora nadie podrá arrebatarle a su esposo. Ni siquiera la muerte podrá llevárselo.


  Pero unas flores marchitas yacen en el suelo y, aunque ella no quiera verlo, la gran dama negra ya ha cargado en sus hombros el alma del joven rey. 


Demencia de Doña Juana de Castilla (detalle), 1866
Demencia de Doña Juana de Castilla (detalle), 1866
Óleo sobre lienzo,
238 x 313 cm
Museo del Prado, Madrid


    Este elemento metafórico de las rosas marchitas y esparcidas por el suelo también lo recrearán otros artistas como Antonio Muñoz Degrain en su obra Los amantes de Teruel. Aquí se aprecian  los cirios apagados y las rosas por el suelo que simbolizan el triste final de la vida de estos dos jóvenes.



Los amantes de Teruel (detalle), 1884
Los amantes de Teruel (detalle), 1884
Óleo sobre lienzo
330 x 516 cm
Museo del Prado, Madrid
                                          

     Los fuertes recursos dramáticos, la eliminación de los detalles para centrarse en la intensidad de la escena, la naturalidad y la dulzura con la que Vallés trata la demencia de Doña Juana, hacen de esta obra un elemento clave de la pintura histórica española. 

-Fin-

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